La jaula que decoramos con explicaciones

Cuando sabemos lo que tenemos que hacer pero no lo hacemos.

¿Y si eso que tanto intentas resolver… no fuera un problema, sino una experiencia que todavía no has podido habitar del todo?

Muchos sabemos explicar lo que nos ocurre. Reconocemos aquello que se repite. Nos contamos la historia. Subrayamos libros. Nombramos nuestros patrones. Entendemos nuestras heridas. Buscamos su origen.

Pero… ¿Puedes quedarte, aunque sea un segundo, con lo que se cierra en tu pecho antes de responder?? ¿Puedes sentir cómo cambia la respiración sin apresurarte a corregirla? ¿Puedes sentir el miedo debajo del argumento, en vez de necesitar ganar la discusión?

A veces el conocimiento deja de abrir caminos. Y se convierte en un lugar donde permanecer. Un lugar cómodo desde el que comprendernos sin tener que encarnar aquello que ya sabemos.

Escribo sobre esto porque también me ocurre. En presente.

Si alguna vez has sentido ese dolor silencioso de pensar: "Sé lo que tendría que hacer… y, aun así, aquí sigo."

Quizás el camino no sea entender un poco más. Sino quedarte un poco más.

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Cuando dejamos de pensar el cuerpo y empezamos a sentirlo