El cansancio de regularnos constantemente.

“Cuando las llamas de la ansiedad empiezan a lamer las paredes de nuestra casa, normalmente entramos en pánico e intentamos apagarlas. Y, por supuesto, cada vez que conseguimos sofocarlas parece que funciona; al menos durante un momento el fuego disminuye y reparamos los daños. El problema es que, al hacerlo, nos condenamos a pasar toda la vida corriendo de un lado a otro, apagando pequeños incendios aquí y allá.”

Hace unos días una alumna me envió por WhatsApp una frase de Robert Gerzon, psicoterapeuta y escritor al que hasta entonces no conocía, porque le recordó algunas conversaciones que surgieron durante el último curso de Yoga Nidrā. Y la verdad es que se me quedó dando vueltas varios días.

Me hizo pensar en cómo incluso nuestras formas de sanar caen también en tendencias y modas. Y últimamente parece que todo gira alrededor de “regular el sistema nervioso”.

Regúlate. Respira. Haz grounding. Estimula el nervio vago. Baja el cortisol. Vuelve al cuerpo.

Como si hubiese que aprender a no temblar nunca demasiado.

Y claro que necesitamos regulación. Pero hay también algo dentro de una que no quiere únicamente sentirse a salvo.

Quiere sentir que todavía participa plenamente de la vida.

Y, sin embargo, gran parte de los discursos contemporáneos sobre yoga, bienestar o sistema nervioso siguen girando alrededor de calmarnos.

Y quizá ahí hay algo que merece ser mirado.

Porque también siento que esta obsesión contemporánea por calmarnos nace muchas veces de una dificultad creciente para sostener nuestra propia vulnerabilidad, incertidumbre, ambigüedad e intensidad.

Queremos calmarnos demasiado rápido y queremos que el otro también deje de incomodarnos rápido.

Y poco a poco nos vamos volviendo torpes para permanecer junto a aquello que duele, confunde, ensucia o desordena.

Olvidándonos, poco a poco, del aspecto más contemplativo de las prácticas de yoga.

Porque aquello que se regula inevitablemente volverá a desregularse. Esa es la naturaleza misma de la vida, de un cuerpo vivo, de una mente viva.

Y quizá por eso siento que el problema no es la regulación en sí, sino esta tendencia moderna a convertir toda la vida interior en una forma de corrección permanente.

Como si el propósito profundo de la práctica fuese sentirnos calmados y serenos la mayor parte del tiempo, midiendo la profundidad de una práctica por su capacidad de devolvernos rápidamente a un estado cómodo, estable o manejable.

Entonces toda nuestra relación con nosotr✺s mism✺s empieza a organizarse alrededor de volver rápido a una versión funcional de quienes somos.

Y quizá ahí empezamos lentamente a alejarnos de algo inmediato y verdadero de nuestra experiencia, intentando sentirnos como creemos que una persona “espiritual”, “trabajada” o “evolucionada” debería sentirse.

Y quizá por eso muchas prácticas terminan utilizándose no para acercarnos a la experiencia, sino para amortiguarla. Regularnos para no sentir demasiado. Calmarnos rápido para no desenterrar el polvo que hay debajo.

Y quizá vivimos ahí más de lo que alcanzamos a ver.

Pero no toda inquietud nace de algo que deba corregirse. Hay inquietudes que aparecen cuando una vida empieza a quedarse pequeña.

Cuando llevamos demasiado tiempo adaptándonos a formas de vida que no terminan de expresar lo que somos profundamente. Demasiado tiempo lejos de algo que no sabemos nombrar, pero cuya ausencia sentimos en cada célula del cuerpo.

Y el cuerpo termina hablando. A veces como ansiedad. Otras como agotamiento. Otras como una sensación persistente de extrañeza hacia la propia vida.

Entonces buscamos más herramientas. Más práctica. Más comprensión. Más calma.

Y aun así permanece algo.

Una sensación difícil de explicar.

Como si hubiésemos aprendido muchas formas de sostenernos, pero no necesariamente de habitarnos.

Y quizá por eso me hago cada vez más preguntas alrededor de toda esta conversación contemporánea sobre bienestar, regulación y calma.

Porque quizá la respuesta no sea simplemente regularnos más. Quizá tenga más que ver con desarrollar capacidad de acogida.

La capacidad de permanecer cerca de lo que está ahí sin apresurarnos a convertirlo en otro problema que resolver u otro síntoma que analizar.

Poder permanecer un poco más cerca de la experiencia sin salir corriendo a anestesiarla.

Porque debajo de muchos síntomas no hay simplemente algo que deba corregirse. A veces hay formas de vida que nos han ido alejando lentamente de nosotros mismos.

Y quizá por eso llega un momento, incluso después de años de práctica, terapia, cursos, lecturas, viajes o trabajo interior, en el que muchas personas siguen sintiendo una especie de desajuste difícil de nombrar.

Como si hubiésemos aprendido muchas formas de sostenernos, pero no necesariamente de habitar plenamente la experiencia de estar vivos.

Y quizá ahí intuimos que gran parte de nuestro sufrimiento nace también de intentar controlar demasiado la experiencia de estar vivos.

Como si hubiese una versión estable de nosotros mismos a la que deberíamos llegar.

Pero la vida nunca permanece quieta tanto tiempo.

Siempre está moviéndose.

Como una radio buscando una frecuencia perfecta que quizá no exista.

Y quizá entonces comprendemos que la práctica no iba solamente de calmarnos.

Porque el cuerpo no solo necesita calmarse.

𓆩ꨄ︎𓆪

Siguiente
Siguiente

Antes del nombre. Una conversación con nuestra mente.