Antes del nombre. Una conversación con nuestra mente.

Muchas veces, en determinadas prácticas, sugiero algo que puede sonar sencillo, pero que no siempre es claro: sentir sin necesidad de nombrar eso que creemos que nos pasa.

El otro día, al final de un curso, una alumna me preguntó: ¿qué quiere decir realmente “quedarnos con lo que sentimos sin nombrarlo”?

La pregunta no es menor. Apunta a algo que podría transformar la forma en que nos relacionamos con lo que nos ocurre… y con lo que le ocurre a los demás.

Solemos dar por hecho que somos quienes pensamos nuestros pensamientos, que los producimos y que, de algún modo, nos pertenecen.

Recuerdo la primera vez que escuché lo contrario, escuchando a Ramesh Balsekar, y cómo algo ahí se descolocó profundamente; no tanto en lo que pensaba, sino en la forma en que empecé a observar mi propia experiencia de pensar.

Si atendemos con cierta honestidad, aparece algo bastante claro: no podemos decidir qué pensar antes de pensarlo. Si pudiésemos, elegiríamos mejor, no tropezaríamos una y otra vez con las mismas piedritas.

Pero no.

Los pensamientos aparecen, como propuestas neuronales, como dice David del Rosario.

Y, como señala Daniel Siegel, ni siquiera sabemos cómo se genera la experiencia subjetiva de pensar.

Y cuando escuchamos estas ideas por primera vez, aparece una cierta humildad.

No solo respecto a lo que pensamos, sino también respecto a lo que creemos que piensan los demás.

Con las emociones ocurre algo parecido.

No decidimos lo que sentimos. La sensación aparece en el cuerpo, toma forma, se despliega…
y solo después entramos intentando comprenderla, nombrarla, darle sentido.

Es decir, primero está la experiencia.
Después, la interpretación.

Y entre ambas hay un intervalo muy breve, casi imperceptible, que solemos pasar por alto.

En cuanto algo se mueve en el cuerpo, la mente hace lo que sabe hacer: nombra, organiza, da sentido.

Pero lo hace tan rápido que rara vez llegamos a encontrarnos con la sensación antes de que ya haya sido convertida en “algo”.

Cuando hablamos de “quedarnos con lo que sentimos sin nombrarlo”, no estamos proponiendo dejar de pensar ni eliminar la interpretación, algo que, probablemente, ni siquiera esté en nuestra mano.

Estamos apuntando a algo mucho más simple: no adelantarnos al nombre.

Permitir que la experiencia sea, durante un instante, antes de quedar fijada en un significado.

Quedarnos ahí, aunque solo sea el tiempo de una respiración.
Con las mariposas en la barriga.

No para entenderlas. No para resolverlas.
Sino para no enjaularlas.

Ese instante no se produce por voluntad. No es una técnica.

Se vuelve reconocible cuando hay cierta intimidad con una misma, cuando el cuerpo deja de ser un medio y empieza a ser un lugar de escucha.

Y tal vez, en ese pequeño margen donde aún no hemos dicho “esto es esto”, se abre algo.

La interpretación sigue apareciendo, pero deja de confundirse del todo con la experiencia.

Y ahí empieza a aflojarse algo importante: la tendencia a tomar todo como personal.

Porque lo que aparece… aparece. Y lo que hacemos después con ello, eso sí, es otra cosa.

Con las personas en nuestra vida ocurre igual. Queremos que nos digan qué les pasa, que nos lo expliquen, como si hubiera palabras capaces de contenerlo todo.

Pero la mayoría de las veces, lo que sale por la boca no coincide del todo con lo que está ocurriendo en el cuerpo.

Así que no, no todo lo que nos pasa necesita ser entendido, ni nombrado.

Tal vez haya otra forma de estar con ello.

Sin traducirlo tan rápido. Sin reducirlo.

Dejar que lo que aparece se despliegue en su propio lenguaje.

Sin apropiarlo. Sin separarlo.

Como si, por un instante, no hubiera nadie a quien le esté pasando… y, sin embargo, todo estuviera siendo plenamente sentido.

Ahí, quizá, la experiencia deja de ser algo que nos ocurre y empieza a mostrarse como lo que siempre ha sido:

un movimiento continuo, sin dueño, íntimo y vasto al mismo tiempo.

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¿Qué quiere decir realmente la gente cuando dice: “escucha a tu corazón”?