Las tres perlas de sabiduría y el empacho de lo que no se siente

En la newsletter de haces unas semanas, escribíamos sobre el empacho.
De cuando era pequeña, iba al cole y no se me quedaba nada. Y de esta época que vivimos en la que ingerimos de todo, y metabolizamos poco.

Vamos a cursos, a clases, a charlas. Leemos poco, consumimos mucho. Compartimos reels que nos reflejan, acumulamos horas de formación, de trainings, de bienestar.

Y, aun así, en el fondo, algo no termina como de cuajar.

Vivimos además en un ritmo que no ayuda. En una cultura de lo inmediato, de la comida rápida aplicada también al conocimiento y a la experiencia. Ingerimos ideas, prácticas y propuestas a una velocidad que no deja espacio para que algo se asiente de verdad. Pero la transformación no funciona así. No ocurre al ritmo al que hoy consumimos contenidos.

Por eso suelo acordarme de las tres perlas (o prajñās) de sabiduría que aprendí hace años de Andrew Holecek. Me marcaron porque ponen palabras muy precisas a algo que muchos intuimos: por qué tantas enseñanzas no llegan a transformarnos.

Estas tres perlas (escuchar, contemplar y meditar) no tienen que ver con acumular conocimiento, sino con el proceso mediante el cual una enseñanza puede llegar a integrarse plenamente. Señalan por qué muchas comprensiones se quedan en el plano conceptual y no alcanzan el nivel desde el que respondemos en la vida cotidiana.

Cuando eso ocurre, no nos nutrimos realmente. Nos saturamos. Pasamos de una enseñanza a otra sin que nada termine de integrarse, acumulando ideas que no llegan a convertirse en experiencia viva.

Por eso me gusta compartir estas tres perlas siempre al comenzar un curso. Describen un recorrido muy concreto: el paso de entender algo a empezar a vivirlo. De una comprensión que sabemos explicar a una comprensión que empieza a notarse en cómo reaccionamos, en cómo actuamos, en cómo estamos.
Cuando lo aprendido deja de ser solo una idea y empieza a formar parte de nuestro hacer.

Antes de entrar en ellas, conviene aclarar algo básico: pensar ocurre, del mismo modo que ocurre la respiración.

No hacemos nada especial para que aparezcan pensamientos. El cerebro produce ideas igual que el estómago produce ácido para digerir la comida, o el corazón latidos. Es su función. En ese sentido, la sensación subjetiva de pensar no es un logro de autor ni una señal de transformación: es una actividad biológica.

El malentendido aparece cuando creemos que pensar distinto equivale a vivir distinto, o que comprender algo con la mente basta para transformarnos.

La cuestión no es si pensamos, sino desde dónde respondemos a lo que aparece en la mente.

Mientras tanto, los patrones que realmente gobiernan nuestra vida (el miedo, la vergüenza, la reactividad, el apego, la lucha, la inseguridad, la complacencia, el rintintín) no se deciden en el nivel donde entendemos conceptos o escuchamos enseñanzas.
Se organizan en capas mucho más profundas del sistema nervioso. Son rápidas, complejas y automáticas. No funcionan a base de argumentos ni de buenas intenciones. Se activan antes de que tengamos tiempo de pensar qué sería “lo correcto”.

Por eso podemos escuchar algo brillante, asentir en un curso largo, emocionarnos, repetir las ideas de otro, y seguir respondiendo igual al día siguiente, al mes o al año ante las mismas situaciones.

Muchas veces por la boca sale una cosa y por el hacer, otra. Decimos que sí, que lo vemos, que lo entendemos… y luego todo se parece bastante a lo de siempre.
No porque seamos incoherentes o poco comprometidos, sino porque lo entendido no ha llegado al lugar desde el que realmente respondemos.

Es esa sensación tan conocida de que el cuerpo va por delante del pensamiento. A nivel mental sabemos cómo nos gustaría actuar, pero cuando la situación aprieta y nos toca la fibra sensible, el cuerpo responde solo, tal y como está acostumbrado a hacerlo.

Como dice Reza Aslan: el miedo es impermeable a los datos. El miedo no entiende argumentos, no se deja convencer por ideas bien formuladas ni por explicaciones inteligentes.

Para que haya un cambio real, no basta con entender. El sistema nervioso necesita vivir repetidamente otras experiencias: sentir seguridad donde antes había tensión, presencia donde antes había huida, contacto consciente justo en esos lugares donde antes solo había defensa.

Aquí es donde las tres perlas de sabiduría empiezan a cobrar sentido real.

(1) La primera perla es ingerir (escuchar): Escuchar es cuando oímos o leemos las enseñanzas, y es donde comienza el proceso metabólico. Empezamos a introducir las enseñanzas en nuestro sistema a través de la palabra escrita o hablada.

(2) La segunda es digerir (contemplar): reflexionar sobre lo escuchado, darle vueltas, cuestionarlo, dejar que resuene y entre un poco más. Es el momento de masticar la enseñanza, de trabajarla por dentro, de permitir que empiece a tocarnos.
Esta perla, hoy en día, a menudo se omite: corremos directamente al cojín de meditación (o a la esterilla) para empezar la “verdadera” práctica. Pero sin una digestión previa, lo que escuchamos no puede integrarse plenamente.

(3) La tercera es metabolizar (meditar / encarnar).
Y aquí empieza algo completamente distinto.

Metabolizar no es entender mejor ni saber explicar lo que sea con más precisión. Es cuando lo comprendido deja de quedarse en un discurso y empieza a descender al cuerpo, cuando comienza a reorganizar la forma en que vivimos, sentimos y reaccionamos en lo cotidiano.

Las tres perlas funcionan, en este sentido, como un proceso de filtración y decantación. Poco a poco, gota a gota, lo comprendido se va limpiando de ruido hasta que deja de ser información y empieza a convertirse en algo vivo. Hasta que, literalmente, las enseñanzas empiezan a convertirse en nosotros.

 Thich Nhat Hanh expresa algo así:

“No podemos guardar las semillas del Dharma en el intelecto. Tenemos que llevar las enseñanzas a toda nuestra persona y plantarlas en el suelo de la conciencia almacén (relacionada con el cuerpo).

Durante la noche, la conciencia mental puede descansar y dejar de funcionar, pero la conciencia almacén continúa trabajando. Después de que el jardinero deja de trabajar, el suelo sigue trabajando para ayudar a que las semillas germinen y crezcan.

Tarde o temprano, de manera natural, llegará una apertura. Las flores y los frutos del despertar surgirán de la conciencia almacén.

La conciencia mental tiene que confiar en la conciencia almacén, del mismo modo que el jardinero confía en la tierra. Ambos roles son importantes. Pero recuerda: la iluminación, la comprensión, no vendrá de la conciencia mental ni de la comprensión intelectual, sino de la sabiduría más profunda de la conciencia almacén”.

Por eso la práctica no consiste solo en hacer más ni en entender mejor. A veces consiste en permitir que ese proceso ocurra, en confiar en que lo que ha sido sembrado siga trabajando por dentro.

Ahí ya no se trata de sonar bien ni de tener razón.
Ahí algo cambia… o no cambia.

De hecho, hoy muchas veces ni siquiera llegamos a digerir: ingerimos y repetimos. La enseñanza se queda limpia, bien colocada, segura ahí arriba en la cabeza.
No nos desordena. No nos incomoda.
La contamos al día siguiente en un café, como quien comenta una serie.

Suena bien. Pero no nos ha cambiado.

No digerimos porque bajar implica sentir. Y sentir implica atravesar incomodidad, resistencia, miedo. Implica soltar el personaje desde el que solemos vivir.

Las tres perlas describen, en el fondo, un descenso muy simple:
de la cabeza al pecho
del pecho a las entrañas.

Y en ese descenso aparece lo no resuelto: respuestas automáticas que se activaron en algún momento de nuestra vida para protegernos y que siguen funcionando aunque ya no sean necesarias. Aparece el miedo. Aparece eso que preferimos no mover.

Por eso tantas enseñanzas se nos quedan en la superficie: porque no permitimos que nos toquen de verdad.

La práctica existe justo para eso: para llevar lo entendido a un lugar donde ya no podemos mentirnos.

La transformación no ocurre cuando pensamos distinto.
Ocurre cuando lo comprendido deja de ser una idea tranquilizadora
y empieza, poco a poco, a hacerse carne.

Cuando lo que decimos y lo que hacemos
empiezan, gradualmente, a parecerse.

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