¿Qué quiere decir realmente la gente cuando dice: “escucha a tu corazón”?
¿Qué quiere decir realmente la gente cuando dice: “escucha a tu corazón”?
A veces, con esa frase se nos está diciendo: sigue lo que sientes, sigue tu entusiasmo, tu deseo, lo que te atrae con más fuerza. Pero ¿es eso siempre escuchar algo verdadero en nosotros? ¿O a veces es simplemente seguir el movimiento cambiante de nuestras emociones, nuestros miedos o nuestras preferencias?
Hace unos meses escuché a Christopher Wallis hablar de una palabra sánscrita muy hermosa: pratibhā. Podríamos traducirla, de forma muy sencilla, como una claridad intuitiva: una forma de saber que no nace del análisis, sino de una comprensión más inmediata.
Pratibhā no es una emoción, ni un impulso, ni un pensamiento recurrente.
Tampoco es lo que “me apetece” ni lo que me calma en este momento.
Es más bien un destello de claridad silenciosa: algo que se reconoce antes de convertirse en argumento.
No tiene la urgencia del deseo ni la intensidad de una reacción emocional.
Se parece más a un saber sereno, a una especie de reconocimiento interior.
A veces aparece como un leve “sí, es por aquí”.
Otras, como una dirección sutil pero persistente que permanece incluso cuando la mente duda.
Muy a menudo confundimos “escuchar al corazón” con escuchar la parte de nosotros que busca alivio, validación o seguridad.
Pero pratibhā apunta a la escucha de una claridad que no viene de la urgencia, del miedo ni de la necesidad de validación.
Y al intentar poner palabras a esto, inevitablemente me viene el retiro de Embodied Yoga que hicimos con Parveen Nair hace unas semanas en India. Lucas y yo estuvimos ocho días allí; algunos de ellos en silencio, y el segundo día por la mañana nos invitaron a dejar el móvil en una caja.
No sabes cuánto sentí que lo necesitaba.
A pesar de que llevamos años organizando retiros, nunca habíamos participado juntos en uno así.
Antes de 2019, yo solía dedicar un mes al año a ir a India y centrarme en la práctica, pero hacía tiempo que no me daba ese espacio de esta manera.
Más allá de todo lo que fue el retiro, una de las cosas más importantes que me llevé fue la sensación de salir, durante unos días, del ritmo habitual de mi vida. Me imagino por supuesto que esto es lo que sentís al venir a un viaje o a un retiro. Salir de esas zonas aporéticas como dice Chantal Maillard, de esas zonas conocidas.
Porque, aunque viajemos mucho o cambiemos de lugar, en nuestro caso, como autónomos, la rutina nos acompaña allá donde vayamos.
No tenemos horarios fijos. Nos los ponemos nosotros. Y eso, lejos de ser siempre una ventaja, a veces se vuelve muy absorbente. No hay un momento claro de “ya está”.
No hay un corte real de viernes a domingo.
Siempre hay algo en lo que pensar, algo que sostener, algo que organizar.
Durante esos días, por primera vez en mucho tiempo, no hablamos de trabajo, ni de retiros, ni de clases.
Pero algo cambió, y no sé decirte exactamente qué.
Bajamos el ritmo lo suficiente como para empezar a sentir y percibir de otra manera.
Lo que antes nos encajaba sin cuestionarnos, empezó a chirriar.
El silencio no solo calma. También confronta.
Y, en medio de eso, apareció algo muy simple: espacio.
Sin ordenador.
Sin móvil.
Sin emails.
Sin fotos. Sin redes. Sin mensajes.
Sin hablar de uno mismo, ni de nuestros asuntos personales, ni de lo que le piensa que pasa.
Espacio.
Espacio para que surgieran preguntas nuevas. Algunas de ellas, precisamente, las que solemos evitar.
Desacelerar no es una invitación a no hacer nada ni a apartarse de la vida.
No es dejar de actuar cuando es necesario que lo hagamos.
Es reconocer que, al bajar el ritmo, y salir de lo que ves siempre por tu ventana, se abre un espacio en el que algo puede empezar a desplegarse.
Un espacio desde el que entrar en contacto con aquello que normalmente no vemos. Tiene que ver con lo que señala pratibhā: una claridad que no se fuerza, pero que aparece cuando dejamos de interferir constantemente.
Mientras estamos volcados hacia fuera: respondiendo, sosteniendo, defendiendo una imagen, una identidad esa claridad apenas tiene lugar para mostrarse.
No porque no esté, sino porque queda cubierta.
Y a veces, incluso, da miedo.
Porque no confirma lo que esperamos.
Porque no sigue el guion habitual.
Porque no se apoya en lo conocido.
Y, sin embargo, no empuja.
No exige que la sigas. No se impone.
Aparece… cuando algo en nosotros deja de ocupar tanto espacio.
Desacelerar, en este sentido, nos pone frente a lo invisible, a lo no resuelto, a lo queda debajo del ruido habitual.
Nos muestra que lo adecuado no siempre coincide con lo más eficaz.
Desacelerar es permanecer en lugares a los que no estamos acostumbrados.
Permitir que surjan nuevas preguntas. Escuchar más allá de la superficie.
Es cuidar de lo que evitamos, acercarnos a lo incómodo sin necesidad de resolverlo, hacer espacio para el silencio.
No siempre es posible irse a un retiro o hacer un viaje.
Pero eso no significa que desacelerar no sea posible.
Lo que observamos, tanto en los espacios que ofrecemos como en esta experiencia, es que algo cambia.
A veces de forma muy sutil.
A veces como una semilla que germina más adelante.
Y otras, como un cambio profundo en la forma de vivir.
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