¿Qué quiere decir realmente la gente cuando dice: “escucha a tu corazón”?

¿Qué quiere decir realmente “escucha a tu corazón”?

y.. ¿qué estamos exactamente siguiendo cuando seguimos lo que sentimos?

Es una de esas frases que todos repetimos y que, si somos honestos, no sabemos muy bien hacia donde apunta.

Cuando alguien nos dice “escucha a tu corazón”, lo más habitual es que lo traduzcamos como: haz lo que sientes, sigue tu deseo, ve hacia lo que te atrae. Pero si miramos con un poco de detenimiento, aparece una duda bastante legítima: ¿eso es siempre algo verdadero en nosotr✷s o, muchas veces, es simplemente el movimiento cambiante de nuestras emociones, nuestros miedos o nuestras preferencias? Porque lo que llamamos “eso que siento” cambia c o n s t a n t e m e n t e. Un día queremos una cosa, al siguiente otra, y aquello que ayer parecía una certeza acaba siendo un alivio momentáneo.

Si escuchar al corazón significa seguir cualquier deseo que aparece, entramos en un terreno bastante inestable.

Hace unos meses escuché a Christopher Wallis hablar de una palabra sánscrita muy hermosa: pratibhā. Si bien no la alcanzo a captar del todo, podríamos decir que apunta a donde el pensamiento surge como una intuición pero no en el sentido de corazonada emocional, sino más bien como una forma de claridad que no necesita justificarse.

Es decir, no es lo que nos apetece ahora, no es lo que nos calma ahora, no es lo que nos excita ahora.

Y precisamente por eso es difícil de reconocer, porque no tiene el dramatismo al que estamos acostumbrados.

Muy a menudo confundimos “escuchar al corazón” con escuchar la parte de nosotros que busca alivio, validación o seguridad. Pero si observamos con más atención, vemos que dentro de nosotros no hay una única voz clara, sino que conviven toda una comunidad de voces: impulsos, pensamientos, emociones, todos reclamando ser lo auténtico y verdadero.

Entonces, ¿cuál de todas ellas es el corazón? ¿de cuál de todas esas voces me fío?

Quizá el problema no esté en que no sepamos escuchar, sino en cómo lo estamos buscando. Quizás sigamos esperando que el corazón se exprese como una emoción intensa, como una señal inequívoca, como algo que nos empuja con fuerza. Pero puede que no funcione así. Puede que no sea una voz, sino más bien una especie de ajuste, como cuando algo encaja sin que haga ruido, algo que no necesita convencerte y que suele aparecer cuando dejas de intentar decidirlo todo tan compulsivamente.

Al intentar poner palabras a esto, inevitablemente me viene el encuentro de Embodied Yoga que hicimos con Parveen Nair hace un mes en India. Lucas y yo estuvimos allí ocho días, algunos de ellos en silencio, y el segundo día por la mañana dejamos el móvil en una caja.

No sabes hasta qué punto sentí que lo necesitaba.

A pesar de que llevamos años organizando retiros, nunca habíamos participado juntos en uno así. Y quizá eso fue lo primero que lo hizo diferente: no era un retiro al uso, no era otra experiencia más que añadir, ni otra forma de ocupar y entretener el tiempo de manera más o menos consciente.

La propuesta era otra: no producir más experiencia, no hablar de nosotros mismos, no usar el móvil.

Para salir, aunque fuese momentáneamente, de ese entramado invisible de automatismos que sostienen nuestra vida cotidiana, esa red silenciosa de movimientos, pensamientos y decisiones que repetimos sin ver, como si fuéramos personajes obedeciendo un guion que nadie nos ha leído en voz alta.

Porque, aunque viajemos o cambiemos de lugar, la rutina, y en nuestro caso también el trabajo, nos acompaña allá donde vamos, de lunes a domingo de manera intermintente.

Durante esos días no es que ocurriera nada extraordinario. Es que dejó de ocurrir lo de siempre.

El ritmo bajó lo suficiente como para empezar a sentirnos de otra manera. Hacía mucho que no miraba a los monos con detenimiento ni que me hacía preguntas sin utilidad como cuánto duermen o cuántas veces van al baño. Algunas decisiones que parecían claras dejaron de serlo. Lo que teníamos previsto hacer después, tanto juntos como por separado, simplemente no ocurrió.

Y ahí apareció algo que no siempre se dice cuando hablamos de estos espacios:

salir del automatismo no siempre calma, más bien confronta.

Porque al detener el movimiento habitual, lo que queda no es necesariamente tranquilidad, sino todo aquello que ese movimiento estaba sosteniendo o tapando.

Y eso incomoda. Pica por dentro.

No porque haya algo que esté mal, sino porque ya no hay tanto con lo que distraerse.

Y, en medio de eso, apareció algo muy simple: espacio.

Un espacio sin estímulo constante, sin necesidad de responder, sin construir una narrativa continua sobre uno mismo. Un espacio donde, poco a poco, empiezan a surgir preguntas distintas, muchas de ellas precisamente las que solemos evitar.

Ahí es donde algo como pratibhā empieza a tener sentido para mí. No como una idea bonita, sino como una experiencia viva: una claridad que no se fuerza ni se construye, que apenas se insinúa cuando dejamos de interferir, como algo que reconocemos antes de poder nombrarlo.

Mientras vivimos volcados hacia fuera, sosteniendo roles, defendiendo imágenes, ocupando todo el espacio con nuestras narrativas mentales esa claridad vivirá cubierta, como una llama bajo demasiadas capas.

Y cuando comienza a mostrarse, no siempre tranquiliza.

A veces inquieta.

Porque no confirma lo que esperábamos, porque no sigue el guion que habíamos escrito, porque no se apoya en lo conocido.

Y, sin embargo, no empuja. No exige ser seguida. No reclama obediencia.

Está.

Aparece cuando algo en nosotros deja de ocupar tanto espacio.

Desacelerar o descansar no es hacer que la vida vaya más despacio, sino advertir que hay algo en nosotros que no se mueve con su prisa.

No siempre es posible irse a un retiro de este tipo, pero sí es posible interrumpir, aunque sea por momentos, la inercia que nos lleva a responder antes de percibir, a decidir antes de ver, a nombrar antes de sentir.

Y en esos pequeños cortes, casi imperceptibles, algo empieza a cambiar.

No como una iluminación repentina, sino como pequeños ajustes, casi silenciosos.

Y quizá, en el fondo, eso que llamamos “escuchar al corazón” no tenga tanto que ver con seguir cada deseo que aparece, ni con encontrar una voz más verdadera, sino con dejar de tomar tan en serio ese impulso constante de elegir y permitir que, cuando hay un poco más de espacio, algo se muestre sin necesidad de forzarlo.

𓆩ꨄ︎𓆪

Anterior
Anterior

Antes del nombre. Una conversación con nuestra mente.

Siguiente
Siguiente

Del sueño ordinario al Yoga Nidra