Del sueño ordinario al Yoga Nidra
Del sueño ordinario al Yoga Nidrā
El sueño ordinario es un proceso biológico en el que la continuidad del registro consciente disminuye. Nos acostamos, cerramos los ojos y, progresivamente, la actividad cerebral cambia de patrón. Tal y como describe Nazareth Castellanos, el cerebro no se “apaga” de golpe: el sueño se produce como una propagación gradual de silencio neuronal. A medida que ciertas redes dejan de responder a los estímulos sensoriales, este descenso se extiende a otras áreas hasta alcanzar una masa suficiente, permitiendo la entrada en sueño profundo.
En ese proceso, pueden mantenerse zonas más activas, relacionadas con la vigilancia o la rumiación, lo que dificulta la consolidación del sueño. Cuando la propagación se estabiliza y predomina la actividad delta, el organismo accede a estados de descanso profundo asociados a procesos de reparación y regulación.
Al despertar, no hay un registro consciente de lo ocurrido. Ha habido descanso, pero sin continuidad en la experiencia.
El cuerpo se ha recuperado, pero no hemos estado presentes en ese proceso. Por eso, aunque el sueño restaura energía, los patrones habituales de reacción —cómo pensamos, cómo respondemos, cómo nos activamos— tienden a mantenerse.
Yoga Nidrā señala otra posibilidad. No consiste en inducir el sueño, sino en crear las condiciones para que el sistema descienda hacia estados de reposo similares, sin que se pierda por completo la continuidad del darse cuenta.
Durante la práctica, disminuyen progresivamente las demandas de acción y vigilancia. El tono muscular desciende, la respiración se regula y la actividad mental pierde intensidad. Este descenso puede compartir características con el inicio del sueño, pero aquí no se busca la desconexión, sino permitir que haya presencia sin esfuerzo, incluso cuando la actividad disminuye.
La diferencia es sutil pero relevante. En el sueño ordinario, la propagación del silencio neuronal suele ir acompañada de una pérdida del registro consciente. En Yoga Nidrā, en algunos momentos, esa misma reducción de actividad puede darse sin una interrupción completa de la presencia.
Esto no significa que haya lucidez continua ni que no aparezca somnolencia. Es habitual oscilar entre momentos de claridad y momentos en los que el sistema tiende al sueño. La práctica no elimina ese movimiento, pero puede permitir reconocerlo.
Aquí aparece una dificultad clave: estamos acostumbrados a reconocer la experiencia a través de contenidos —pensamientos, imágenes o sensaciones—. Cuando esos contenidos disminuyen, perdemos la referencia y tendemos a desconectarnos. No porque la conciencia haya desaparecido, sino porque no estamos entrenados en reconocer la experiencia cuando no hay algo definido a lo que atender.
Esto ocurre también en la vigilia. La atención suele quedar absorbida por el contenido de la experiencia. Cuando empezamos a asentarnos más en el hecho de darnos cuenta que en aquello de lo que nos damos cuenta, aparece un margen: la experiencia no cambia necesariamente, pero la relación con ella sí.
Desde ahí, Yoga Nidrā no es solo un entrenamiento con los ojos cerrados. Señala una forma de reconocer la experiencia que puede trasladarse a la vida cotidiana: una presencia menos dependiente del contenido y menos arrastrada por la reactividad.
Desde esta perspectiva, la regulación no ocurre solo a nivel fisiológico. Al disminuir la reactividad y sostener, aunque sea de forma intermitente, cierto grado de presencia, puede cambiar la relación con los patrones automáticos de activación.
No se trata de analizar ni de intervenir en la experiencia. Al reducirse la tendencia a reaccionar, algunos patrones pierden fuerza sin necesidad de ser modificados directamente.
Esto no implica una transformación inmediata en cada práctica, pero sí un cambio paulatino en nuestra forma de responder a lo que vivimos.
Es decir, en cómo aparecen nuestras reacciones: los pensamientos que surgen, las emociones, la tensión en el cuerpo, el impulso de actuar.
Con la práctica, puede abrirse un pequeño espacio entre lo que sucede y nuestra respuesta. No porque ejerzamos más control, sino porque dejamos de estar completamente identificados con lo que aparece.
La experiencia sigue siendo la misma, pero ya no nos arrastra de la misma manera.
Cuando no hay nada claro a lo que atender, el sistema tiende a generar contenido (pensamiento) o a perder el registro (somnolencia). La práctica abre la posibilidad de reconocer la experiencia sin necesidad de generar más contenidos ni perdernos.
Aquí es importante aclarar algo: estar presente no significa estar más atento a lo que ocurre. No es añadir más atención a los objetos (sensaciones, pensamientos o estímulos), sino reconocer el hecho mismo de estar dándose cuenta. Es un cambio de referencia: de lo que aparece a que algo está apareciendo.
Por eso, Yoga Nidrā no es vigilia ordinaria ni sueño convencional. Es un rango intermedio de experiencia en el que el cuerpo puede descansar profundamente mientras la continuidad del darse cuenta no se pierde del todo.
Desde aquí, “despertar” no significa alcanzar un estado especial, sino algo más funcional: dejar de responder automáticamente a cada estímulo como si fuera una amenaza.
En la práctica de Yoga Nidrā, esto no implica permanecer consciente durante todo el proceso ni “estar despierto mientras se duerme”. Lo que puede aparecer, en algunos momentos, es una continuidad parcial del darse cuenta mientras el cuerpo descansa.
No es algo constante ni algo que se pueda controlar. Es más bien una capacidad que se va reconociendo de forma intermitente.
Cuando esto ocurre, aunque sea brevemente, disminuye la necesidad de sostenerse en el control constante, el pensamiento o la anticipación.
Y quizá te preguntes: ¿y qué gano yo con todo esto?
Es una buena pregunta. Nos la hemos hecho todos.
Pero lo que se “gana” no es un beneficio en el sentido habitual. No es que, por hacer estas prácticas, te vayan a pasar cosas mejores o que todo se vuelva más agradable.
Las cosas siguen ocurriendo (agradables o incómodas). Lo que cambia es algo más simple y más cercano: hay menos lucha.
Menos necesidad de controlar todo lo que pasa, menos vueltas constantes en la cabeza, menos tensión por cómo deberían ser las cosas.
No porque hagas algo especial, sino porque empiezas a ver con más claridad lo que ocurre, y al verlo, se afloja.
Cuando aparece algo difícil, se siente. Pero no se queda tanto tiempo dentro, no se enreda igual.
El malestar puede estar, pero no lo conviertes tan fácilmente en una historia que arrastras.
Y eso, poco a poco, se nota.
La vida no deja de traer dificultades.
Pero deja de ser una lucha constante contra ellas.
Espero que os sirva.
Marta
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