Enganchados anónim❀s

Os escribo desde Punta Umbría. He venido unos días a estar con mis padres antes de ir a Madrid. Ver cómo se hacen mayores, estar lejos y sentir que una nunca está suficientemente cerca es algo que no termino de llevar bien.

Estos meses tenemos muchos frentes abiertos, y en teoría estos días eran también para sentarme, escribir y ordenar un poco todo lo que viene.

Pero me está costando. Estoy dispersa. Mucho más de lo que me gustaría reconocer.

Salto de una ventana a otra. No hace falta que lo explique demasiado. Con la sensación de estar perdiendo, poco a poco, una parte de mi voluntad.

De saber que no quiero hacer algo y hacerlo igualmente. De decidir que voy a dejar el teléfono y encontrarme con él en la mano diez minutos después.

De sentir que mi atención ya no responde del todo a lo que yo había decidido hacer con ella.

Y tengo la impresión de que somos muchos aquí.

Esta mañana, no sé muy bien cómo, llegué a un artículo de Joel Uili. Ni siquiera le conocía, pero una frase se me quedó dentro:

Una persona espiritualmente sana es alguien que mantiene una relación adecuada con su propia vida.

Me gustó porque desplaza la espiritualidad de las prácticas a la relación que mantenemos con nuestra propia existencia.

No importa tanto cuántas veces meditamos o cuánto yoga hacemos.

La pregunta sería otra: ¿estamos realmente en relación con nuestra vida?

Porque podemos llenarla de prácticas destinadas a hacernos presentes y, sin embargo, estar cada vez menos disponibles para aquello que tenemos delante.

Y últimamente me pregunto si no nos está ocurriendo algo así colectivamente.

No creo que el problema sea simplemente que "miramos demasiado el móvil". Nos hemos ido metiendo en una especie de micromundo del que cada vez resulta más difícil salir.

Trabajamos ahí. Nos informamos ahí. Nos relacionamos ahí. Compramos, nos entretenemos, organizamos nuestra vida, conocemos gente y compartimos lo que hacemos ahí.

Y para muchas personas, entre las que me incluyo, una parte importante de nuestro trabajo depende también de estar ahí.

No es tan sencillo como decir: "Pues bórrate las redes o cómprate un Nokia".

La puerta de salida está cada vez menos clara. Y estamos metidos hasta el fango.

Y si dejamos de decidir dónde va nuestra atención, aunque sea en pequeños fragmentos de cinco minutos, ¿qué parte de nuestra vida estamos dejando también de decidir?

Esto me pone los pelos de punta.

Y me hace pensar que vamos a necesitar grupos de apoyo para aprender a vivir en este nuevo mundo, algo que mencionaba hoy en Instagram.

Podríamos llamarlo: "Enganchados anónimos".

Hace muchos años, cuando estudié Psicología y después Psicofarmacología y Adicciones, varias personas muy cercanas a mí atravesaron problemas de adicción a las drogas. Por unas razones u otras, acabé asistiendo a bastantes terapias de grupo.

Y algunas cosas las entendí mejor allí que en los libros.

Recuerdo pensar entonces que, si alguna vez me dedicaba a la terapia, me gustaría hacerlo en grupo.

La fuerza de un grupo cuando las personas se sientan juntas y dejan de fingir que pueden con todo.

Cuando alguien dice algo que le avergüenza un poco y otra persona responde: "A mí también me pasa."

A veces imagino uno de esos círculos ahora.

"Cogí el teléfono para contestar un mensaje y cuarenta minutos después todavía no lo había contestado."

"No consigo ver una película sin mirar otra pantalla."

"Estaba con alguien que quiero y una parte de mí estaba pensando en fotografiar el momento."

"He vuelto a coger el móvil sin haber decidido cogerlo."

"A mí también."

Quizá necesitemos menos reels para optimizar nuestra atención y más lugares donde poder recuperarla juntos.

Porque hasta la presencia corre el riesgo de convertirse en otra tarea.

Meditar mejor. Concentrarnos mejor. Hacer un detox. Controlar las horas de pantalla. Tener una rutina perfecta. Otra cosa que hacer bien.

Y quizá necesitemos precisamente lo contrario.

Lugares donde nuestra atención no tenga que servir para nada.

Donde nadie nos mire. Donde no haya que documentar la experiencia. Donde podamos aburrirnos.

Donde una conversación termine y después no ocurra nada. Quién sabe.

Me inquieta que la lógica del rendimiento haya entrado también en los lugares a los que acudíamos para salir de ella.

Como si una parte de nosotros viviera y otra contemplara continuamente esa vida desde fuera, pensando qué hacer con ella.

Yo misma vivo, en parte, de comunicar lo que hago. No quiero desaparecer de aquí. Quiero poder elegir estar.

Creo que ahí está la diferencia.

Estos días he vuelto a poner horarios al móvil. Lo dejo lejos. Voy al mar. Escribo. Trabajo. Intento hacer una sola cosa.

Y descubro hasta qué punto hacer una sola cosa se ha convertido en una práctica.

No tengo una conclusión para este correo. Tampoco diez consejos para recuperar vuestra atención.

No quería convertir esto también en eso.

Solo quería romper el silencio del verano contándoos algo sobre lo que reflexionamos mucho con Lucas y en nuestros grupos más cercanos.

Y dejarnos una pregunta:

¿Dónde están los lugares de nuestra vida en los que no tenemos que mostrar, responder, producir ni convertirnos en nada?

Yo estoy intentando recuperarlos. Y quizá también necesitemos empezar a crearlos juntos. Lugares donde poder decir "a mí también me pasa", sin tener que hacer inmediatamente nada con ello.

Porque quizá cuidar nuestra atención no sea aprender a concentrarnos mejor. Quizá sea recordar(nos) que nuestra vida ocurre allí donde la ponemos.

Os leo.

Un abrazo desde el sur,

Marta

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