Los maestros de la vida que nos toca vivir
Podemos leer a Buda, a Jesús, a Rumi, cantar mantras, ir a los templos de Krishna en la India. Podemos conmovernos con sus palabras, decorar nuestros altares con sus imágenes, repetir sus enseñanzas, ponerles flores. Pero en algún momento la enseñanza tiene que dejar de ser una idea lejana y convertirse en una experiencia encarnada, aquí, en este cuerpo.
Los maestros no han venido a nuestras vidas para ser convertidos en estatuas ni para que permanezcamos eternamente arrodillados ante sus enseñanzas. Un verdadero maestro no reclama nuestra mirada para sí: la devuelve hacia nosotros. No nos pide que creamos en aquello que él ha visto y vivido, sino que nos invita a comprobarlo en nuestra propia carne. Nos recordará de mil maneras que la verdad que buscamos no pertenece a otro tiempo, a otro lugar ni está reservada a seres excepcionales.
Y algunos llegan sin que sepamos siquiera que van a convertirse en maestros.
Como Maggie. Yo tenía 23 años cuando la conocí tomando un chai en Rishikesh, en mi primer viaje a la India. Ella tenía 43, la edad que tengo yo ahora. Me enamoré de su locura, de verla viajar sola, de su manera de estar en el mundo. Me dio mi primera clase de yoga en una guest house y, sin saberlo, me abrió una puerta que ya nunca se volvió a cerrar.
Quizá de eso hablo cuando hablo de maestros. De personas que aparecen en un momento de tu vida y, a veces sin pretender enseñarte absolutamente nada, te hacen visible con su estar que hay otro lado hacia el que poder mirar.
Desde pequeña me ha gustado hablar de las heridas. Quizá porque las mías las sentía hondas. Por eso también me han ayudado tanto esas personas que, de alguna manera, han dejado de necesitar esconder las suyas.
Como cuando vivíamos en Huelva, y mi padre se fue a Barcelona para recuperarse de las drogas. Se fue por unos meses, aunque los meses fueron haciéndose más largos de lo que habíamos imaginado, hasta ser años. Mi madre nos llevaba a verlo a La Garriga.
Y de esos años, hay una cosa que recuerdo especialmente: me encantaba sentarme en el café del pueblo con los nuevos compañeros de mi padre.
Personas recuperándose de la adicción, aprendiendo de nuevo a vivir sin aquello que un día necesitaron para soportar la vida. Personas con la vida rota a la vista.
Y yo, que era pequeña y que había vivido en casa la otra cara de todo ese sinfin de dolores, me sentía extrañamente bien entre ellos. Había algo en estar allí que se sentía por dentro como un guiño, como un alivio.
No sé qué entendía yo entonces de las drogas, de las heridas o de las maneras que tenemos de sobrevivir cuando vivir se nos hace demasiado grande. Nada, supongo. Pero algo en mí reconocía algo en ellos. Algo que, de alguna manera, yo también conocía.
Y quizá por eso, tantos años después, siguen conmoviéndome las personas que ya no necesitan parecer intactas. Las que pueden sentarse delante de ti con su herida sin hacer de ella un espectáculo, pero tampoco esconderla debajo de la mesa.
Personas que me han enseñado sin pretender enseñarme, simplemente por la manera en que viven su propio desgarro, sus contradicciones, sus días de mierda. Gente que ha sabido hacer algo con todo eso.
Gente que vive con los ojos abiertos en medio de la vida, no al margen de ella.
Y te aseguro que no suelen vestir de blanco, hablar despacio ni tener una sala llena de personas escuchándolas en silencio. Muchas veces ni siquiera saben que están enseñando.
La vergüenza no tiene que desaparecer para que estés viviendo. La ira no tiene que estar resuelta. La confusión de ese café con una amiga no es un error que interrumpe tu camino espiritual. Es el camino porque es donde está ocurriendo tu vida.
No hay una sala de espera antes de la vida real donde tengas que quedarte hasta que se te pase el desastre y la confusión.
Aunque a veces construimos salas de espera muy sofisticadas. Las llamamos sanar, trabajar en nosotros mismos, evolucionar, despertar. Nos convencemos de que todavía nos falta comprender algo, resolver algo, convertirnos en alguien un poco distinto para poder, por fin, estar en paz con nuestra vida. Y hasta el camino espiritual puede convertirse en una manera muy refinada de seguir huyendo de aquello que está ocurriendo.Hay partes de nosotros que hemos aprendido a temer, controlar o esconder porque alguna vez fueron demasiado intensas, demasiado dolorosas, demasiado vivas. Pero bien sabemos que lo que apartamos de nuestro campo de visión no necesariamente desaparece. A veces se cuela por otros lugares: en el cuerpo, en nuestras reacciones, en lo que repetimos, en nuestra manera de amar, huir o defendernos.
Y eso que llamamos transformación, que tampoco sé muy bien qué es, mejor no convertirlo en otra exigencia espiritual.
No se trata de llegar a ser alguien más elevado, más luminoso, más resuelto, ni cada herida tiene que ser convertida en una revelación.
Una herida es una herida.
Podemos reconocerla, cuidarla, aprender sus formas, descubrir por dónde sigue entrando en nuestra vida. Pero no somos solo eso que fue herido.
Somos también aquello que puede mirarlo.
Algunas cosas cambiarán. Otras pedirán cuidado. Y otras, quizá, nos acompañen durante mucho tiempo. Tal vez toda la vida.
No sé si sanar significa que dejen de doler.
Porque esto, el caos, lo crudo, lo contradictorio, aquello que todavía no cuadra, no está fuera de la práctica. Es parte del material con el que practicamos. Pero tampoco es todo lo que somos.
Y entonces vuelvo al principio. A Buda. A Jesús. A Rumi. A Krishna.
Quizá el verdadero homenaje nunca fue repetir sus palabras, ni decorar sus altares con flores. Quizá la devoción consista en permitir que aquello que vieron encuentre una forma irrepetible de vivirse en nosotros.
Y entonces vuelvo también a los hilos dorados.
A todas las personas que, sin saberlo, nos van señalando que existen otras manera de estar viva.
Porque, al final, quiero pensar que los maestros no vienen para que los miremos a ellos.
Vienen para devolvernos la mirada hacia la vida que nos toca vivir.
ᥫ᭡.ִֶָ𓂃