No siempre podemos sentir lo que nos ocurre cuando nos ocurre.
No siempre podemos sentir lo que nos ocurre cuando nos ocurre. A veces, para seguir viviendo, para mantenernos en pie, para no quebrarnos del todo, la propia inteligencia del cuerpo aparta ciertas experiencias y las deja en la sombra, esperando un tiempo más propicio para ser sentidas.
Hay cosas que no pueden ser tocadas cuando todas nuestras partes están ocupadas en resistir, responder, continuar, sobrevivir.
Pero cuando, un día, descendemos la velocidad, cuando aparece un pequeño claro, un poco de silencio, un poco de espacio, aquello que quedó suspendido, atascado, empieza a acercarse.
El viejo dolor busca entonces abrir las ventanas y dejar que entre el aire fresco.
Como cuando llamas a esa amiga con la que llevas demasiado tiempo posponiendo una conversación incómoda.
El cuerpo se parece a eso. Espera hasta que puede.
Cada vez siento más estas prácticas como una forma de acercarme al cuerpo con la curiosidad de quien todavía no sabe.
De preguntarle qué necesita.
Qué está mostrando.
Y cada vez que intento escuchar, aparece la inercia de la mente: su tendencia a hablar por encima del cuerpo, a interpretar antes que sentir.
¿Y si practicar no consistiera en crear otra experiencia más y se pareciera más a escuchar?
Escuchar hasta que la necesidad de intervenir empiece a aflojar.
Hasta reconocer esa inteligencia más honda que el pensamiento.
Una inteligencia que no piensa la vida, ni la controla, ni la anestesia. La vive.
Y quizá así, un día, sintamos la práctica no como un proyecto más de perfeccionamiento personal, sino como una escuela de disponibilidad. Un espacio donde aprender, una y otra vez, a colaborar con esa inteligencia, hasta que nuestra manera de vivir empiece, poco a poco, a parecerse a la suya.
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