El efecto drop-in ¿Enseñar o entretener?

Algún día tendremos que hablar en serio del efecto drop-in.

Y del lado más humano de enseñar yoga.

De las aplicaciones. De las mil clases disponibles. De cómo está cambiando nuestra relación con los espacios, con las personas y también con nuestro oficio.

Antes era más habitual ir al mismo estudio, practicar con un profesor, o a lo sumo dos, encontrarnos con las mismas caras semana tras semana. Se formaba un grupito, nos conocíamos, nos quedábamos a tomar un chai después de clase.

Yo echo muchísimo de menos aquellos primeros años de practicante en Barcelona. De lunes a viernes, mismo espacio, misma práctica.

Ahora podemos hacer yoga el lunes, pilates el martes, barre el miércoles y probar otro profesor el jueves.

Tenemos acceso a muchísimas cosas, y eso me parece maravilloso. Pero también siento que nuestras relaciones con los espacios y las personas se están volviendo cada vez más d-i-s-c-o-n-t-i-n-u-a-s.

Y en medio de todo esto, también está lo que nos pasa a quienes enseñamos.

Nuestras dudas, contradicciones, y todo ese desorden tan humano que forma parte de este oficio y del que hablamos tan poquito.

Porque a veces siento que, antes que profesores, tenemos que ser buenos entretenedores. Preparar algo interesante. Sorprender. Que les guste, que vuelvan.

El otro día un alumno me dijo que en mis clases no hacía el suficiente workout como en las clases de Rocket. Que necesitaba sudar.

Y pensé: ya está. Tengo que repensar esto. De verdad.

Repensar dónde quiero poner mi energía.

No porque su necesidad fuera menos válida que la mía. Sino porque su comentario me hizo reconocer algo que llevaba tiempo rondándome.

Me encanta moverme, probar, jugar, investigar y compartir lo que voy descubriendo.

Pero ¿en qué momento el deseo de compartir algo que nos gusta empieza a confundirse con la necesidad de gustar?

Una clase lenta parece insuficiente. Una postura sencilla, poca cosa. El silencio incomoda. La repetición aburre.

Como si siempre tuviera que suceder algo más.

Y, sin embargo, enseñar, aprender y acompañar necesitan algo que no podemos acelerar: tiempo.

Esta falta de continuidad no solo afecta a quienes vienen a practicar. También limita nuestra posibilidad de aprender como profesores en constante cambio.

Porque enseñar es también descubrir lo que todavía no sabemos a través de quienes tenemos delante. Cuestionar nuestras propuestas, reconocer sus límites, observar qué sucede cuando volvemos a explorar algo que creíamos conocer.

Cuando estamos siempre empezando, corremos el riesgo de quedarnos también nosotros en la superficie de nuestra propia enseñanza.

Enseñar y aprender no son procesos separados. Se alimentan y se transforman mutuamente.

Y hay otra cuestión que me ronda.

En nuestro deseo de hacer el yoga más accesible, quizá también hemos ido construyendo un modelo en el que resulta cada vez más difícil permanecer el tiempo suficiente como para descubrir qué puede enseñarnos una práctica.

Y quienes enseñamos estamos dentro de esa misma lógica. Clases ilimitadas, promociones, experiencias que se prueban y se sustituyen. Observamos qué funciona, qué se llena, qué gusta. Miramos lo que hacen otros profesores, los formatos que tienen éxito, las propuestas que parecen atraer a más personas.

Y casi sin darnos cuenta, podemos terminar adaptando lo que hacemos a un modelo que ni responde a nuestra manera de entender la enseñanza ni nos hemos detenido a cuestionar.

Y ahí la pregunta incómoda, ¿estamos creando los espacios en los que verdaderamente queremos enseñar o reproduciendo lo que el mercado espera de nosotros?

No creo que las aplicaciones sean las culpables de todo esto. Han abierto muchísimas posibilidades y han permitido que muchas personas descubran prácticas y profesores a los que quizá nunca habrían llegado.

Pero también forman parte de una cultura en la que parece que todo tiene que ofrecernos algo nuevo.

¿Cómo conocer algo en profundidad si apenas lo rozamos antes de pasar a otra cosa?

No todo lo que nos estimula nos enseña. Y no todo lo que nos enseña necesita estimularnos constantemente.

Quizá no estemos viviendo una crisis de la enseñanza, sino una transformación de las condiciones en las que enseñamos.

Y quizá necesitemos apoyarnos entre colegas para imaginar otras formas de encontrarnos.

Grupos más estables. Investigaciones de varias semanas. Estudios pequeños. Espacios presenciales y online que no se limiten a ofrecer más contenido.

Y aquí también tengo que mirarme a mí misma.

Porque yo viajo mucho. Paso temporadas fuera de Barcelona y tampoco puedo ofrecer siempre esa continuidad que tanto valoro.

A veces soy yo quien se marcha, quien interrumpe las clases, quien no está la semana siguiente.

No estoy fuera de aquello que cuestiono. También participo de ello.

¿Cómo cuidar una relación de aprendizaje cuando nuestras vidas ya no transcurren siempre en el mismo lugar?

Quizá no se trate de estar presentes todas las semanas, sino de encontrar otras maneras de seguir en contacto, continuar una investigación y sostener algo en común incluso cuando estamos lejos.

Cada vez siento más claramente que los momentos que más me llenan son aquellos en los que puedo acompañar a un grupo durante un tiempo, como sucede en nuestras inmersiones y formaciones.

Y esta inquietud está empezando a dar forma a mis deseos para 2027.

Quiero repensar mis clases regulares, imaginar otros formatos y crear espacios donde podamos seguir investigando, también desde casa.

Todavía no sé exactamente qué forma tendrá todo esto.

Pero hay algo que tengo claro: no quiero que el miedo a aburrir termine decidiendo lo que quiero compartir.

Y quizá necesite hacerme una pregunta distinta.

No tanto cómo conseguir que las personas vuelvan a mis clases, sino qué condiciones necesitamos crear para que realmente podamos enseñar y aprender ✷.

Me encantaría saber cómo lo estáis viviendo.

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