Te despiertas a las 3:17. Sobre los despertares nocturnos

Te despiertas a las 3:17

Abres los ojos y, antes de hacer nada, piensas: por favor, que sean las siete. Pero sabes que no son las siete. Si fueran las siete habría luz, algún ruido en la calle, una sensación distinta en el cuerpo. Aun así necesitas comprobarlo.

Tienes el móvil en el baño porque te han recomendado que no mires la hora cuando te despiertas por la noche. Una recomendación estupenda. Te levantas, vas hasta el baño, coges el móvil, lo enciendes y miras la hora.

3:17.

Y en cuestión de segundos ya está contigo la comunidad de vecinos que llevas dentro.

La conversación de ayer. Lo que tu padre te dijo cuando tenías once años. Lo que tienes que hacer mañana. El email. El otro email. Una decisión que durante el día parecía bastante manejable y que, a las tres de la mañana, adquiere de pronto dimensiones extraordinarias.

¿Cuántas horas me quedan? ¿Cuatro? ¿Tres y media? Mañana voy a estar fatal. Qué horror.

Y así, además de estar despierta, empiezas a hacer algo bastante habitual entre quienes sabemos lo que es dormir regular: preocuparte muchísimo por estar despierta. En ese momento solo quieres una cosa en el mundo: no estarlo.

También sabes que las tres de la mañana no son precisamente el mejor momento para resolver nuestra vida. Ni la vida de nadie.

Dormir no significa entrar en una especie de apagón uniforme durante ocho horas. A lo largo de la noche atravesamos diferentes fases de sueño NREM y REM, organizadas en ciclos, y esa arquitectura va cambiando a medida que avanza la noche. En términos generales, el sueño profundo se concentra más en la primera parte, mientras que los periodos REM (en los que los sueños suelen ser especialmente vívidos, aunque también soñamos en otras fases) tienden a hacerse más largos conforme se acerca la mañana.

Tenemos, por tanto, más sueño profundo al principio de la noche y más REM hacia la mañana.

Así que, si te despiertas a las tres, a las cuatro o a las cinco, es perfectamente posible que vengas de un periodo REM y estuvieras soñando. Pero posible no significa necesariamente. Podemos despertarnos desde distintas fases y por muchísimas razones, y la arquitectura del sueño cambia entre personas y también de una noche a otra.

En cualquier caso, a las 3:17 saber exactamente de qué fase acabas de salir tampoco te va a ayudar demasiado.

El problema no siempre es haberse despertado. El problema es la velocidad con la que pasamos de un despertar nocturno bastante inocente a estar completamente involucrados en todos los asuntos inconclusos de nuestra vida.

Hace treinta segundos estabas dormida y ahora estás calculando cuánto vas a rendir mañana, reconsiderando una relación y pensando si salir de la cama a hacerte unas tostadas.

Y cuanto más intentas resolver el hecho de estar despierta, más despierta puedes llegar a sentirte.

Y más razonables parecen las tostadas. Y abrir el email.

Y aquí aparece una de las cosas que practicamos cuando nos tumbamos en Yoga Nidrā: familiarizarnos con lo que ocurre cuando empezamos a bajar la activación.

No se trata de ponerse unos auriculares y pulsar un botón secreto que diga PARASIMPÁTICO. Tampoco podemos producir sueño por decreto. Lo que sí podemos hacer es favorecer las condiciones para que la activación vaya disminuyendo y no involucrarnos en cada uno de los asuntos que nuestra cabeza considera urgentísimos a las 3:17.

Algunos, sorprendentemente, seguirán ahí por la mañana.

Yoga Nidrā como puente de vuelta al sueño

Imagina la misma escena.

Son las 3:17. Te has despertado. Has ido hasta el baño a comprobar una hora que habíamos quedado en que no ibas a comprobar y, milagrosamente, te acuerdas de todo esto.

Coges unos auriculares y pones una práctica de Yoga Nidrā. Ya sabes que no se trata de intentar expulsar los pensamientos catastróficos que te visitan a esas horas. Eso, por suerte o por desgracia, no está enteramente en nuestras manos. Tampoco necesitas convencerte de que estás tranquila.

Simplemente estás ofreciendo otra dirección a la atención. En lugar de seguir la conversación de ayer, vas a viajar por tu cuerpo. En lugar de calcular cuántas horas quedan, vas a sentir la respiración. En lugar del email, el peso de las piernas sobre la cama. En lugar de decidir qué vas a hacer con tu vida, una voz te pide que sientas la mano derecha.

Y poco a poco quizá disminuya nuestra implicación con toda esa actividad mental que había empezado a crecer.

Quizá el sueño vuelva. Quizá tarde un poco. Quizá esa noche no haya Yoga Nidrā, ruido blanco, radio ni intervención divina capaz de dormirte.

Pero incluso entonces puede ocurrir algo importante: la práctica puede acompañarte hacia un estado de mayor descanso, aunque todavía sigas despierta.

Y quizá ahí esté una de las cosas más útiles de Yoga Nidrā: no necesitas estar relajada para empezar a practicar. La práctica no consiste en intentar fabricar relajación.

No tienes que conseguir un estado determinado para estar haciéndolo bien.

A veces aparecerá el sueño. Otras veces no. No es una píldora mágica ni garantiza que vayamos a dormirnos. Lo que practicamos, una y otra vez, es ese tránsito. Y con el tiempo puede volverse más familiar.

La puerta puede ser dormir mejor. O encontrar una manera de bajar revoluciones cuando llevas demasiado tiempo funcionando a tope.

Pero después de un tiempo empiezas a sospechar que esto no iba solamente de relajarte. Ni siquiera de dormir.

Quizá tenía que ver también con algo mucho más cotidiano: con darnos cuenta de lo rápido que intentamos arreglar todo lo que nos pasa.

A veces hay nervios. Otras, cansancio, viscosidad, incomodidad o simplemente estás despierta cuando preferirías no estarlo. Y casi inmediatamente queremos hacer algo al respecto: calmarnos, espabilarnos, distraernos, dormirnos. Lo que sea con tal de dejar de estar como estamos.

Y a veces, en todo ese intento por estar de otra manera, añadimos todavía más esfuerzo a un cuerpo y una cabeza que ya venían haciendo demasiado.

Pero el sueño nos enseña algo bastante curioso. Podemos preparar las condiciones para dormir, pero llega un momento en que ya no podemos hacer mucho más. No podemos ordenarnos dormir.

Y tampoco podemos decidir completamente lo contrario. Puedes entrar en una práctica de Yoga Nidrā con la firme intención de permanecer despierta y acabar durmiéndote. Una y otra vez.

Hay procesos que podemos favorecer, pero que no podemos producir a fuerza de voluntad.

Y quizá ahí haya algo más interesante que simplemente relajarnos. Durante un rato dejamos de intentar conseguir un estado distinto del que tenemos. No hace falta resolver el cansancio, quitar los nervios ni conseguir que desaparezca esa viscosidad.

Muchos llegamos a Yoga Nidrā porque dormimos mal, porque estamos agotados, porque tenemos la cabeza a mil o porque hace demasiado tiempo que no sabemos muy bien qué significa descansar de verdad.

Y la práctica puede ayudarnos con todo eso: a bajar la activación, recuperar descanso y conocer mejor nuestros propios ritmos.

Pero quizá una de las cosas más interesantes aparece después. Con el tiempo, empiezas a sospechar que descansar no consiste solamente en bajar la activación. Quizá también tenga algo que ver con dejar de administrar nuestra experiencia durante un rato.

Lo que ocurre, ocurre. Y ahí estamos nosotros, tantas veces, intentando que ocurra otra cosa.

ᥫ᭡.ִֶָ𓂃

Siguiente
Siguiente

¿Yoga Nidrā sustituye al sueño? Qué sucede cuando nos dormimos durante la práctica